ESTERIOTIPO DE LA CORRUPCIÓN

Corrupción es la palabra de moda en las redes sociales. Llamar corrupta a una persona es la mejor arma para acabar con su reputación y la de toda su estirpe. Su uso excesivo la está convirtiendo en un “cliché” que se va desdibujando del contexto inicial para transformarse en estereotipo banal de casi toda la especie humana. De esa cuenta, un diplomático recién llegado no ha tenido empacho en llamarnos “sociedad corrupta”; podríamos decir que resulta incluyente consigo mismo.

Sin duda, el uso de la corrupción como herramienta política ha dado buenos frutos a los grupos de presión. El combate de esta plaga que azota la sociedad se ha vendido como el gran descubrimiento del Siglo XXI. Algo así como el invento de una vacuna capaz de curarlo todo, de acabar con todos los males que nos aquejan y sacarnos del subdesarrollo. Pocos han meditado sobre las sociedades corruptas del mundo antiguo, esas descritas en la Biblia y los textos de historia como muestra de la descomposición que permea a grandes y pequeñas comunidades desde tiempos inmemoriales.

La corrupción no es novedad en ningún rincón del planeta. Ha perdido su significado, luego de usarse como machete para acabar con toda la maleza. Se está convirtiendo en una especie de herbicida que amenaza con arrasar toda la cosecha.

La lucha anticorrupción ahora nos gobierna. En su nombre se acepta poner de rodillas al sistema de justicia. Bajo su manto se cobijan unos cuantos con birrete de paladines. Tras esa máscara se ocultan todas las vanidades. Gobernantes, gobernados, jueces, magistrados, fiscales, curas y pastores; ninguno es impoluto y sin embargo todos compiten por lanzar la primera piedra. Los medios se atropellan en su intento por añadir más sal a la herida. Es notoria la mordaza impuesta por quienes no admiten contradicción, bajo la amenaza de represalias legales por un mínimo desliz. Hoy todos tienen miedo de hablar o de escribir en contra de los abusos que se cometen a diario. Las violaciones al debido proceso son el pan diario y han surgido poderes paralelos que actúan con absoluta impunidad en nombre de la ley.

La promesa de acabar con la corrupción es una falacia tan grande como decir que vamos a terminar con el consumo de drogas. Por ejemplo, se utilizó la táctica del miedo, poniendo en la cárcel a los grandes evasores y así intimidar a los demás, pero el resultado ha tenido repercusiones en la economía. Se plantearon soluciones  para integrar a los sectores informales pero les ganó la arrogancia, pues hacer borrón y cuenta nueva podría ser una muestra de debilidad.

La corrupción se está quemando en su mismo fuego inicial. Los adalides no supieron interpretar su momento. Se creyeron el cuento de los guerreros invencibles y absolutos. Perdieron el norte y, lo más lamentable, podrían perder la batalla que debió ser de todos y para todos, no para alabanza de unos cuantos obnubilados por los reconocimientos

 

Roxana Avila

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